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La decisión de los príncipes de no rebelarse contra el rey que reconocían era, únicamente, la firmeza de una parte. La otra parte, la de Pacheco, bien pudo iniciar la guerra, porque tenía a la infanta Juana en su poder (“entregada a la Corte”, en realidad, a él) y sabía de las disensiones en el bando isabelino. Pero no lo hizo. No hay elementos para poder saber por qué.
Los jóvenes reyes de Sicilia1, entre tanto, aunque Fernando estaba lesionado por la caída desde un caballo e Isabel se reponía de su primer parto, aprovecharon el tiempo para ir convenciendo a gentes y ciudades de que ellos representaban la legitimidad.
Además, Fernando había establecido el sistema que sería base del futuro reinado: escuchar al Consejo para el trabajo y confiar a secretarios la ejecución. Lo dejó claro ante el arzobispo Carrillo cuando le dijo que se habían acabado los validos, aunque ello le ocasionó la retirada del apoyo de éste y las constantes reclamaciones del mismo ante su padre Juan II.
Pese a los compromisos que Enrique IV tenía con Francia (el pretendido y luego fallido matrimonio de la infanta Juana con el duque de Guyena), Fernando envía a Juan Ramírez de Lucena a Inglaterra y a Borgoña para asegurarse de que los privilegios de los pescadores cantábricos se mantenían, porque sabía, como ya se dijo, la importancia que los territorios de Asturias y Vizcaya podían tener para los sucesos futuros.
Ese apoyo de ambos territorios provocó que las tropas de Enrique IV, al mando del conde de Haro, atacaran a los dos principales jefes vascos, Alfonso de Mújica y Pedro de Avendaño. Fernando había contactado con ellos a través de Pedro Manrique, conde de Treviño. El conde de Haro derrotó y cercó a Mújica, pero entonces acudió Manrique y venció al de Haro en Munguía.
Posteriormente Pacheco llevó a Enrique IV a Vizcaya para intentar establecer su legitimidad, pero las negociaciones de los puertos pesqueros y los sucesos de Mungía habían decidido a los procuradores de Vizcaya que, en 1473, prometieran a Isabel “antes morir que abandonar su obediencia”.
Este apoyo decidió a algunos grandes del bando de Enrique, como los Quiñones, Ayala, Mendoza y Velasco, para aproximarse a Isabel, tanto más cuanto que la aceptación de Enrique IV por ésta les garantizaba cumplir su juramento de fidelidad al rey en tanto viviese.
Desde mayo de 1471 los apoyos a los príncipes no dejaron de crecer. Frente a las desastrosas veleidades de Pacheco, ellos representaban la legitimidad y el orden.
A la muerte del papa Paulo II, es elegido Sixto IV con la ayuda de un aragonés de origen2, Rodrigo Borja, italianizado como Borgia, que sería el nuncio papal en España, y el encargado de entregar a los príncipes la dispensa necesaria para la validez total de su matrimonio3, demás de la confirmación de la validez de los acuerdos de Guisando (lo que dejaba en papel mojado la proclamación de Val de Lozoya). Además, Rodrigo Borja trajo también la garantía para Pedro González de Mendoza de su futuro nombramiento como cardenal4, lo que terminó de aproximar a los Mendoza a la figura de Isabel5 para cuando faltase Enrique IV.
Poco después de la llegada de Rodrigo Borja tuvo lugar un suceso que favoreció a los príncipes: la reina Juana abandonó al rey y se fue con su amante, Pedro de Castilla, permaneciendo desde entonces con él6. Si la reina hubiese sido devuelta a Portugal, como se acordó en Guisando, podría haber vivido su amor con Pedro sin que el el rey hubiera sufrido menoscabo, lo que ahora sucedía.
Estos hechos inclinaron a Enrique a considerar una nueva negociación en la que se dejara sin valor el acta de Val de Lozoya y se restableciesen los acuerdos de Guisando.
Los Mendoza decidieron ofrecer acatamiento a los príncipes, y la ocasión para ello sería la entrega por Borja del capelo cardenalicio a Pedro González de Mendoza, en Guadalajara. Pero la oposición del arzobispo Carrillo, que se creía con más derecho a ser cardenal que Pedro González, frustró el viaje, aunque no evitó el nombramiento ni la decisión de acatamiento de los Mendoza.
Cumplida su misión, Rodrigo Borja regreso a Roma, y su informe hizo que el papado apoyara sólida y definitivamente a Isabel.
En 1473, el conde de Benavente7 propone a los partidarios de Juana casar a ésta con el infante aragonés Enrique “Fortuna”8 . Fernando, irritado, pidió a su padre Juan II que evitase el viaje de su primo a Castilla, pero el rey de Aragón se negó porque veía más peligrosa una víctima que un pretendiente.
Enrique y su madre, Beatriz Pimentel, entraron en Castilla y firmaron capitulaciones matrimoniales, cosa que aprovechó Juan Pacheco para conseguir de Enrique IV que cesara a Andrés Cabrera como tesorero real y lo nombrase a él, para así poder disponer de suficientes fondos para costear la visita del infante. Sólo consiguió acceso al tesoro ya depositado en Madrid, pero el de Segovia continuó bajo la vigilancia de Cabrera. Además, con este movimiento, Pacheco sólo consiguió que Enrique Fortuna y su madre se dieran cuenta de que estaban siendo utilizados para otros negocios, y se retiraran.
Fernando e Isabel residían por entonces en Talamanca (actual provincia de Barcelona), porque así daban al arzobispo Carrillo la sensación de que estaban bajo su influencia, y al mismo tiempo permanecían cerca de los Mendoza. Y desde allí Fernando parte con 400 lanzas para ayudar a su padre Juan II, cercado en Perpiñán por Luis XI de Francia al intentar recuperar los condados del Rosellón y la Cerdaña, ocupados por aquel. Esta presencia en un conflicto europeo con tropas propias significa la aparición de Fernando como protagonista. Ya había sido reconocido como futuro rey por Inglaterra, Borgoña, Nápoles y el papado, y es Carlos el Temerario, duque de Borgoña9 el que le envía una embajada para entregarle la Orden del Toisón de Oro, en la que había sido admitido10.
Aunque a mediados de 1473 la mayoría de nobles y ciudades eran partidarios de Isabel, para una sucesión sin problemas hacía falta la reconciliación y convivencia visible del sucesor con el rey. La ocasión la proporcionó la ambición de Juan Pacheco. Ya dominaba Madrid, y necesitaba hacer lo mismo con la otra capital del reino, Segovia.
Quería, sobre todo, el tesoro que se guardaba en su alcázar, y que Cabrera no había llegado a entregarle aún. Convenció al rey de que los proyectos que favorecían a la infanta Juana estaría salvaguardados si él, Juan Pacheco, entraba en posesión de Segovia.
Los financieros judíos abraham Seneor y Alfonso de Quintanilla11 avisaron a Cabrera (cristiano nuevo) del desastre que significaría que Villena obtuviese el control de aquel tesoro, reserva de la Corona. Pero el rey expidió la orden y Cabrera tuvo que aceptarla y entregar el alcázar a Pacheco, aunque con la condición de que Cabrera mantendría el control las torres y murallas de la ciudad. En ese momento le llegó a Cabrera un mensaje de los Mendoza avisándole de que lo que pretendía el marqués de Villena era un levantamiento popular contra los cristianos nuevos. Por ello, tanto judíos como conversos decidieron apoyar a Isabel, como única garantía de que se cumpliese la ley. Y, para no faltar a su lealtad al rey, tenían que conseguir la reconciliación de éste con su hermana. Estas decisiones llegaron a conocimiento del conde de Benavente, que se adhirió a ellas con su sobrino Enrique Fortuna, pactando con Cabrera proponer el rey el matrimonio su sobrino con la infanta Juana. Descubierto su plan de alzamiento, Pacheco y sus tropas se concentraron en El Parral.
La esposa de Cabrera, Beatriz de Bobadilla, puso todo esto en conocimiento de Isabel, quien escribió a Fernando urgiéndole su regreso a Segovia.
Entre tanto se había convencido a Enrique IV para que fuese a pasar la Navidad al alcázar. Separados así el marqués y el rey, fue fácil para Cabrera y Beatriz explicar a Enrique IV que el matrimonio de su hija con Enrique Fortuna garantizaba a ésta una posición en la más alta nobleza, y la ponía a salvo de una posible guerra.
Disfrazada de aldeana rica, Beatriz se presentó en la residencia de Isabel que, con igual atavío, la acompañó hasta el alcázar a pesar de la oposición del arzobispo Carrillo y del frío reinante. Por poco no fueron interceptadas por el marqués de Villena y los suyos que, al fin, volvieron al Parral.  El rey, que estaba cazando en Valsaín, avisado de la visita de su hermana, acudió al alcázar para recibirla. Ella beso su mano en señal de vasallaje, y él la abrazó como hermana. Ante la corte se había efectuado la reconciliación. El 30 de diciembre Enrique e Isabel cenaron juntos, y la princesa bailó delante de su hermano, quien, incluso, se decidió a entonar una canción. Cuando el 1 de enero de 1774 llegó Fernando, le anunciaron a Enrique que el principe-rey de Sicilia había llegado, y Enrique se levantó de la mesa y salió a recibirle. Esta relación de concordia ya nunca fue modificada.
El marqués de Villena, ante los acontecimientos, huyó de El Parral, dejando a los partidarios de Isabel el pleno control de Segovia. Pero el 9 de enero el rey, enfermo, regresó a Madrid y, por tanto a estar bajo el poder de Pacheco.
El marqués de Villena, en su afán de restar partidarios a los príncipes, consiguió del rey que entregase el señorío de Carrión al conde de Benavente “como pago por su defensa de Juana”. En realidad, para que dejara el bando de Fernando e Isabel. En Carrión estaba la tumba del primer marqués de Santillana, Íñigo López de Mendoza, por lo que Diego Hurtado de Mendoza escribió una impertinente carta a Pimentel instándole a que no tocara ni mancillara esa tumba. Pimentel le contestó que le enviaría los huesos en una espuerta. Y el resultado fue que las tropas de ambos estaban enfrentadas a mediados de marzo en los alrededores de Carrión. En esos momentos llegó Fernando con 200 lanzas de su guardia, que puso junto a los efectivos de los Mendoza, por lo que Diego Hurtado se bajó del caballo y besó la mano de Fernando, señal pública de acatamiento, con lo que la maniobra de Pacheco había tenido el efecto contrario al que pretendía, y más cuando el rey rectificó su decisión y Carrión volvió a ser villa de realengo, compensando al conde de Benavente con la villa de Magaña.
Enrique IV empeoraba de su enfermedad, teniendo frecuentes vómitos y fiebre, lo que ha dado pie a hipótesis de envenenamiento sin que dejen de ser sólo opiniones, sin prueba alguna.
Pacheco recibió en la corte a un compañero de la farsa de Ávila que también había decidido cambiar de bando: el arzobispo Alfonso Carrillo. Y ambos urdieron un nuevo plan, que pretendía implicar a Alfonso V de Portugal en la defensa de la infanta Juana, su sobrina, con el argumento de que la unión de Castilla y Aragón en las personas de los príncipes podía ser una amenaza para el reino luso.
Y es precisamente esa unión de los reinos lo que Fernando presentó a su padre como la mejor garantía de fuerza. Juan II se encontraba de nuevo guerreando con los franceses, que habían vuelto a invadir el Rosellón y Fernando acudió en su ayuda, pero intentando convencerle de que, aunque hubiese invasión extranjera en el norte, la resolución del problema estaba en Castilla y en su unión con Aragón.
El 4 de octubre murió Juan Pacheco, y su hijo Diego López Pacheco, recibió el marquesado de Villena12 .
El 11 de diciembre el rey, que había decidido ir al pabellón de El Pardo, tuvo que volverse al alcázar de Madrid, y esa noche, sin quitarse el traje de campo, murió Enrique IV, en la más completa soledad, porque Isabel estaba en Segovia y Fernando en el Rosellón.

NOTAS

  1. Título que correspondía a Fernando, pero que ambos usaban con frecuencia
  2. Del reino de Aragón, pues nació en Játiva. Obispo de Valencia como Veneris lo había sido de León: sólo para cobrar las rentas de obispado, aunque sin residir ni preocuparse de él. Llegaría a ser papa con el nombre de Alejandro VI. Ya en la época de Sixto IV era conocido por su ligereza de costumbres.
  3. Del reino de Aragón, pues nació en Játiva. Obispo de Valencia como Veneris lo había sido de León: sólo para cobrar las rentas de obispado, aunque sin residir ni preocuparse de él. Llegaría a ser papa con el nombre de Alejandro VI. Ya en la época de Sixto IV era conocido por su ligereza de costumbres.
  4. Cortando así las aspiraciones del arzobispo Carrillo, que era mal considerado por sus trapacerías políticas
  5. En estos días Isabel era, precisamente, huesped de los Mendoza en Torrelaguna, lugar de origen de un eclesiástico que ahora empezaría a destacar de la mano del cardenal Mendoza: Gonzalo Jiménez de Cisneros, que, diez años después, y a causa de la observancia franciscana, cambiaría su nombre por el de Francisco.
  6. Ya tenía dos hijas suyas. Fruto de esta huida fue un tercer nacimiento
  7. Rodrigo Alfonso Pimentel
  8. Enrique de Aragón y Pimentel, conocido como Enrique Fortuna. era hijo de Enrique de Trastámara y, por tanto, nieto de Fernando I el de Antequera, rey de Aragón por el compromiso de Caspe. Era sobrino del conde de Benavente, su promotor.
  9. Que quería convertir en reino las provincias de los Paises Bajos
  10. La Orden del Toisón de Oro era un club cerrado y limitado creado por Felipe “el Bueno” para difundir “el noble espíritu de la caballería”, en clara nostalgia de un tiempo pasado.
  11. Más adelante, Cabrera pasaría a ser Grande de España al ser nombrado Marqués de Moya. Quintanilla llegaría a ser uno de los mejores colaboradores de los Reyes Católicos, y Abraham Seneor recibiría el bautismo y un título de nobleza apadrinado por los reyes, con el nombre de Fernando Fernández Coronel
  12. Muy distinto a su padre, la mayor preocupación de diego era observar la rectitud de sus actos.

 

La muerte de Alfonso deja inesperadamente en primera linea de sucesión a Isabel que, como se ha visto, nunca había considerado posible esta situación. Al producirse el deceso, la infanta, que, pese a su edad, tenía claros los conflictos de poder en el reino, toma postura. Cuando el 4 de julio recibe noticias de que a su hermano le quedaban pocas horas de vida, Isabel envía una carta a las ciudades, declarando que le pertenecía el derecho de sucesión en cumplimiento del testamento de su padre,. Y el 8 de julio, tras la muerte, envía otra a los principales Concejos reiterando “ser yo la legítima heredera y derecha sucesora de estos reinos y señoríos”. En estas cartas se han apoyado algunos historiadores para decir que se proclama reina en cuanto muere su hermano. Una cosa era la proclamación en la línea de sucesión (legitimidad de origen) y otra muy distinta la declaración de posesión del poder real absoluto y de la señoría mayor de la justicia (legitimidad de ejercicio).

Con su declaración, Isabel sólo pretende colocarse en la línea sucesoria y, al tiempo, negar legitimidad para ello a Juana. Al tratarse de dos mujeres, el arreglo tradicional del matrimonio no era posible, por lo que sólo quedaba la negociación. Isabel dejó siempre clara su voluntad de reconocer a Enrique como rey, aunque reclamara que éste la reconociese como sucesora. Y siempre consideró que Juana era una víctima inocente que tenía que ser compensada adecuadamente, evitando cualquier expresión que pudiera resultar ofensiva para Juana.

Si en Castilla no hubieran podido reinar las mujeres, quien habría podido reclamar la corona hubiera sido el príncipe Fernando de Aragón, como siguiente varón de la casa Trastámara. Pero sí podían. Y eso lo tiene muy en cuenta Juan II de Aragón, que se apresura a promover matrimonio del príncipe con la infanta. Fernando acepta el 17 de julio que se comiencen las negociaciones en su nombre, pero Isabel no había dicho nada al respecto.

Volviendo a la necesidad de negociación, en esto resultó decisiva la intervención del marqués de Villena, a pesar de la oposición del arzobispo Carrillo, que veía en la propuesta de Juan II de Aragón la mejor solución al problema. El marqués, Juan Pacheco, concierta pues una entrevista en Cebreros. En realidad Pacheco no pretendía ayudar a Isabel, sino anularla totalmente, pues una vez que fuese reconocida heredera tendría que integrarse en la corte, donde sería vigilada constantemente. Enrique IV acepta la negociación. Incomprensible, se podría decir, pero hay que tener en cuenta algunos hechos previos.

Por un lado, una parte de los nobles fieles al rey deseaban la paz, aunque fuese negociada. Por otro lado, estaba el asunto de Cuellar: Enrique, ante situación tan delicada, manda venir a su esposa, confinada, como se sabe, en el castillo de Alaejos. Pero los amores de ésta con Pedro de Castilla habían dado fruto, y la reina estaba embarazada de alguien que, claramente, no era el rey. Por eso Juana decide huir saliendo por una ventana del castillo. Pero se dirige a Cuellar, señorío de Beltrán de la Cueva. Su estancia allí y su visible embarazo, convertían el deshonor del rey en un hecho real, no ya en una murmuración, lo que hizo que otros muchos nobles partidarios del rey consideraran indefendible la legitimidad de la infanta Juana, aunque todo ello no tuviese nada que ver con la situación jurídica de ésta. El suceso terminó de hundir la resistencia del rey, y llegó la negociación, avalada por la decisión favorable del nuncio papal Veneris.

El arzobispo Carrillo entregó al rey un documento1 en el que figuraban las tres condiciones necesarias: el reconocimiento de Isabel como princesa sucesora, la reconciliación de ambos hermanos, y el sometimiento de todos a la obediencia de Enrique. Un posterior acuerdo en Cadalso introdujo algunas modificaciones, aunque no se pusieron por escrito.
En una de sus cláusulas decía que Isabel se comprometía a casarse con “quien el dicho señor rey acordare y determinare, de voluntad de la dicha señora infanta…”, y será esta frase de libre voluntad la que hará fracasar los planes de Pacheco, marqués de Villena. En los planes de éste figuraba evitar a toda costa el matrimonio de Isabel con Fernando de Aragón, y casarla posteriormente con alguien que la alejara del reino. Anulada así la princesa, sería fácil anular también al rey y conseguir tantos poderes y riquezas que nadie pudiera oponérsele.

Los documentos de estos pactos de Cebreros/Cadalso se conocen habitualmente como Pacto de Guisando. En Guisando se celebró la ceremonia, pero los pactos habían sido acordados y fijados previamente. Isabel salió de Ávila el 2 de septiembre, y llegó directamente a Cebreros. Enrique fijó sus residencia en Cadalso. El 19 de septiembre de 1468. junto a los toros ibéricos, cambiaría el destino de la monarquía castellana. La ceremonia tuvo cuatro momentos claves: el primero, cuando el nuncio papal Antonio de Veneris declaró nulos todos los juramentos que anteriormente se hubieran prestado. El segundo, cuando Isabel y los que la rodeaban hicieron acatamiento del rey Enrique. El tercero, cuando éste no dejó que Isabel le besara la mano, y la abrazó, significando que se recuperaba el afecto familiar. Y el cuarto, cuando el rey dijo que, en adelante, todos tuvieran a Isabel como su “primera legítima heredera”, lo que equivalía a decir que nadie contaba ya con la legitimidad.

Los Mendoza se alejaron de la corte y marcharon a Guadalajara, porque el acuerdo dejaba sin valor a quien ellos mantenían como rehén para su lucro: la infanta Juana. Pacheco había conseguido su objetivo, y esperaba anular totalmente a la princesa a través del último paso a seguir, la aceptación de las Cortes, que deberían ser convocadas en el plazo de cuarenta días. Pero Isabel movió sus peones para evitarlo. Envió a la Chancillería de Valladolid al bachiler Fernándo Sánchez de Quirón para que convirtiera en documento público los acuerdos de Cebreros/Cadalso/Guisando y no pudiera considerarse como compromiso entre particulares. Al mismo tiempo mandó al Principado de Asturias, del que ahora era titular, al adelantado Diego Fernández Quiñones, para que tomara posesión. Y simultáneamente consiguió la adhesión del señorío de Vizcaya y de la provincia de Guipúzcoa. Cuando Pacheco se dio cuenta de que la princesa se le escapaba de las manos, quiso deshacer lo hecho en Guisando, pero se encontró con que Asturias, Vizcaya y Guipúzcoa no sólo se negaron a obedecer, sino que reafirmaron su fidelidad a la princesa.Asturianos y vizcaínos tendrán, en las futuras empresas de Isabel, mucha mayor participación de la que les correspondería dada la extensión y población de sus territorios.

El marqués de Villena no iba a permanecer de brazos cruzados, e hizo que en muchas de las villas de las que, por los acuerdos de Cebreros/Guisando se habían concedido a Isabel, los corregidores, al plantear la aceptación a los respectivos Concejos, sustituyeran el nombre de Isabel por el de Juana. Por otra parte, llegó a un acuerdo con la poderosa familia de los Mendoza por el que, en el futuro, a cambio de matrimonios de los respectivos hijos, estos le cediesen la custodia de la infanta Juana. Isabel se percató de la existencia de un plan para ella cuando vio que la reina Juana no era enviada a Portugal, como figuraba en los acuerdos. Y tuvo la certeza cuando la recluyeron en Ocaña.

En los últimos meses de 1468 el condestable navarro Pierres de Peralta2, embajador de Juan II, había presentado a Isabel la propuesta de matrimonio con Fernando de Aragón. Y en noviembre, Isabel tenía decidido que ese era el matrimonio que le convenía, tanto por hablar la misma lengua como por ser ambos Trastámaras, lo que hacía que Fernando fuese el único que podía reclamar el trono de Castilla. Ambas legitimidades se unirían así. Alfonso Carrillo hizo llegar a Peralta la aceptación de la princesa, y éste le hizo entrega del acta de matrimonio ya firmada por Fernando, y de un medallón con su efigie en el que no aparecía precisamente atractivo. Isabel, por su parte, designó a sus fieles Alfonso de Cárdenas y Gonzalo Chacón para que fuesen a Aragón a negociar y firmar las condiciones. Isabel, desde este primer momento, mostraba así su deseo de ejercer como reina, no como consorte, y les hacía buscar un modo que permitiese compartir la soberanía. Estaba decidida a demostrar que las mujeres podían ser tan capaces como los hombres para las tareas de gobierno3. Además, esta decisión demuestra otra de las particularidades del carácter de Isabel: el cumplimiento, por encima de todo, de lo que consideraba su deber4.

Pero el proyecto de Pacheco era casar a Isabel con Alfonso V “el africano”5, que la llevaría con él a Portugal, y a Juana con el hijo de éste, Juan. Los embajadores del rey portugués se presentaron en Ocaña en enero de 1469 para concertar las condiciones del matrimonio, pero se encontraron con la absoluta negativa de Isabel, que se acogía a la cláusula de “libre voluntad” y les decía que sería inútil cualquier insistencia. El rey Alfonso V se dio cuenta de que lo habían utilizado, y no volvió a hablar del tema nunca más; incluso durante unos años se desentendió de los asuntos castellanos.

La respuesta de Pacheco y del manipulado rey a la negativa de la princesa fue suspender los acuerdos, estimando como desobediencia la actitud de Isabel.

En el uso castellano, el reconocimiento de un sucesor no entraba en vigor hasta que era reconocido también por las Cortes. Pero el plazo preceptivo de cuarenta días no se cumplió, porque fueron convocadas para abril de 1469, precisamente en Ocaña. Aunque se trataron asuntos de importancia, como la renovación del tratado franco-castellano, sólo asistieron las 16 ciudades que tenían derecho al voto (no hay una explicación para tan gran ausencia), y fueron disueltas sin prestar el juramento requerido.

Aunque algunos historiadores siguen insistiendo en que la que rompió los acuerdos fue Isabel, no hay duda de lo contrario. Por un lado, habían pasado siete meses sin que las Cortes los hubieran jurado y, lo que es definitivo, éstas habían sido disueltas sin tomar una decisión sobre el asunto, pese a ser el más importante trámite. Por otro, no se había producido la entrega de las villas a que obligaba el documento. Y, en tercer lugar, tampoco se había alejado a la reina Juana de la corte enviándola a Portugal, como también se especificaba. Por el contrario. Isabel había hecho uso de su derecho de “libre voluntad” para no aceptar un marido que le propusieran, lo cual no significaba desobediencia. Ante todas estas cosas, para Isabel la huida de Ocaña se presentaba como una opción a considerar.

Entre tanto, el embajador aragonés y el arzobispo Carrillo iban convenciendo a importantes personajes castellanos, como el duque de Medina Sidonia, de las bondades del matrimonio con Fernando. Peralta incluso llegó a entrevistarse con el nuncio papal Veneris, consiguiendo su colaboración entusiasta, aunque en Roma ya había prosperado la propuesta de dispensa para el matrimonio de Isabel con Alfonso V de Portugal. E incluso propuso a Juan Pacheco el matrimonio de su hija Beatriz con un primo de Fernando, Enrique Fortuna, lo que en realidad sólo sirvió para alarmar a Pacheco.

El 7 de marzo firmaba Fernando las capitulaciones secretas, en las que Juan II, que había nombrado a su hijo rey de Sicilia, concedía a su futura nuera los señoríos de Borja, Magallón, Crevillente, Siracusa y Catania, así como 100.000 florines de oro de la Cámara Reginal de Sicilia, y dejaba claro el apoyo del reino de Aragón al matrimonio, lo que constituía una fuerza más que sobresaliente sobre la que cualquier bando pudiera reunir en Castilla. Fernando aceptaba, así mismo, la condición de Isabel de que Enrique IV tenía que ser reconocido como rey de Castilla. Sorprendentemente, la poderosa familia de los Mendoza, por oponerse al marqués de Villena, hizo llegar a los enviados aragoneses su aceptación del matrimonio entre Fernando e Isabel, lo que pareció mostrar que la mayoría de los grandes de Castilla al menos no se opondrían a ello.

La cancillería de Aragón fue también la que se encargó de presentar al papa la petición de dispensa por parentesco que, aunque lejano, existía. Se unían a esta petición los informes del nuncio Veneris, que consiguieron que el Vaticano considerara legítimos los acuerdos de Guisando, aunque la decisión sobre la dispensa se dilató en el tiempo. Los príncipes no tuvieron en cuenta esta dilación, y prepararon el matrimonio. Debía celebrarse en Castilla, por lo que había que realizar dos operaciones arriesgadas: traer al novio (por territorio que podía ser hostil) y sacar a la novia de Ocaña.

La ocasión para la segunda surgió cuando Enrique IV se trasladó, y con él la corte, a Andalucía para restablecer el orden. Isabel dio “el salto de Ocaña”. Pretextando la necesidad de celebrar honras fúnebres por su hermano, de cuya muerte pronto se cumpliría un año, salió con destino a Arévalo, acompañada por el séquito y las damas de vigilancia que Enrique había puesto a su alrededor, séquito y damas que desaparecieron en cuanto les llegaron noticias de que los caminos estaban llenos de hombres armados. No obstante, le llegó la noticia de que Álvaro de Stúñiga, a quien el rey había concedido el señorío despojando a la reina Isabel, se había adelantado y ocupado la villa, por lo que Isabel se desvió hacia Madrigal, quedando definitivamente separada de su madre.

En Madrigal aparecieron los embajadores franceses para proponerle el matrimonio con el duque de Guyena. La respuesta fue la misma que a Alfonso V.

Protegida por las fuerzas de Alfonso Carrillo, fue de Madrigal a Valladolid, donde hizo entrada solemne el 30 de agosto de 1469. Desde Valladolid escribió una carta al rey explicándole su decisión y alabando la figura de Fernando, de quien afirmó que reconocía como rey de Castilla a Enrique, con lo que todo dejó de ser un secreto.

Alfonso de Palencia (posterior cronista de estos hechos) y Gutierre de Cárdenas fueron los encargados de traer a Fernando, lo que, tras ser levantado el secreto, se convertía en una operación de alto riesgo por la oposición de Villena y sus partidarios, y la del mismo rey. Fernando tenía entonces 17 años (recordemos que era un año más joven que Isabel), edad en la que ya un niño era hombre. Incluso habia tenido tiempo de engendrar dos hijos bastardos, Alfonso y Juana.

Alfonso de Palencia tuvo noticia de que el obispo de Burgo de Osma se había declarado contrario a Isabel, y de que el duque de Medinaceli había mandado guarnecer los caminos con soldados para evitar el paso a Zaragoza. Por ello pidió a Carrillo una escolta de 200 lanzas (unos 600 hombres). Pasaron, y llegaron a Zaragoza. Allí, Juan II elaboró un plan: anunció que iba a salir una embajada aragonesa hacia Castilla para negociaciones que interesaban a ambos reinos, y, disfrazados como criados de la escolta, con la embajada viajarían Fernando, Alonso y Gutierre. La comitiva salió de Zaragoza el 5 de octubre, y llegó a Dueñas el 9, sin tropiezo alguno. Isabel envió nueva carta a su hermano anunciándole la presencia de Fernando en territorio castellano. Enrique no había contestado a la anterior y tampoco contestó a ésta, por que Isabel supuso la aceptación pasiva.

El sábado 14 de octubre Fernando viaja de Dueñas a Valladolid para conocer a la novia. Como Isabel no lo había visto nunca, Gutierre de Cárdenas debió indicarle quien era, señalándolo y diciendo dos palabras “ese es”. En recuerdo de este momento, la reina mandaría grabar en su escudo dos eses. Ese día celebraron los desposorios y se entregaron nuevos regalos.

El miércoles 18 Fernando prestó juramento público de leyes, fueros, cartas y privilegios de Castilla, como igual hubiera hecho un heredero directo, e inmediatamente después se celebró la boda (“se pronunciaron las palabras de presente que hacen matrimonio”), separándose los contrayentes hasta el día siguiente, en que se celebró la misa en la iglesia de Santa María la Mayor6. Ese día se consumó el matrimonio, y volvieron a ser respetadas las costumbres castellanas exhibiendo al día siguiente la sábana nupcial. En ningún momento de estos días ceremoniales hizo nadie acusaciones o dudas sobre la validez del matrimonio.

Una nueva carta al rey, sin cuya dispensa se había celebrado el matrimonio, tuvo una vaga respuesta de aquel, en la que aplaba su decisión hasta consultarla con el marqués de Villena.
Entre los partidarios de Isabel comenzaron las disensiones. Alfonso Carrillo, arzobispo de Toledo como se ha dicho, pensaba ser para los príncipes lo que Álvaro de Luna había sido para Juan II o Juan Pacheco para Enrique IV, pero Fernando cortó su pretensión, indicando que él no sería gobernado por nadie7. Esta firmeza la tuvo incluso con su padre, Juan II, al que indicó que no debía interceder ante el papa para que concediera la dispensa para el matrimonio, porque eso lo tenía ya él bajo control. A la tenacidad de Isabel se unía la de Fernando. El arzobispo se encontró frustrado en sus aspiraciones y recurrió a Juan II sin resultado.

El 22 de octubre reunieron los príncipes Consejo por primera vez. Se conocen dos decisiones: enviar procuradores al rey para solicitar su aprobación, y constituir un ejército de 1000 lanzas que se costearía con las rentas de los señoríos que Juan II había donado a Isabel8. Pese a estas precauciones, la actitud de los príncipes era elevarse sobre las banderías de Castilla, para lo que necesitarían paciencia y prudencia, las dos cualidades que sobresalían en el carácter de Fernando.

Mientras tanto, Juan Pacheco continuaba con su obsesión de anular a Isabel, y concibió el proyecto de casar a la infanta Juana, de 7 años, con el pretendiente francés que había buscado para Isabel, el duque de Guyena. Bastaba con hacer algo en lo que tenía mucha experiencia: cambiar el nombre de Isabel por el de Juana en el documento matrimonial. Para ello entra en negociaciones con los Mendoza para que estos cedan sus valiosos rehenes, la reina Juana y la infanta Juana, a cambio del ducado de Guadalajara. Una segunda parte de su actuación fue repartir los títulos y grandezas del reino a los que consideraba con mayor garantía entre los de su bando, como el señorío de Vizcaya al conde de Haro, guardando para sí importantes compensaciones.

Los meses del verano de 1470 marcan el peor momento en el camino de los príncipes Isabel y Fernando, porque, al compromiso matrimonial de Juana con el francés, se une que los soldados del conde de Benavente habían tomado Valladolid, obligando a los príncipes a refugiarse en Ávila, donde Gonzalo Chacón garantizaba la fidelidad. También se habían perdido las rentas castellanas. La necesidad era absoluta y el desanimo cundía entre sus partidarios, incluido el rey Juan II, que, unilateralmente, ofreció negociaciones a Juan Pacheco, negociaciones rechazadas terminantemente por Isabel.

No obstante, hubo dos buenas noticias. Asturias seguía siendo fiel, y Vizcaya rechazaba la persona del conde de Haro y seguía también al lado de Fernando e Isabel.

En octubre nació la primera hija de los RR.CC, a la que se puso por nombre Isabel. Y también en octubre, el 26, tuvo lugar en Val de Lozoya la culminación de los proyectos de Pacheco, en un acto en el que se desheredaba a Isabel, se declaraban nulos los acuerdos de Guisando y se declaraba heredera a Juana, de 8 años. Al final del acto el cardenal de Albi efectuó los desposorios de ésta con el duque de Guyena, aunque nunca se confirmaron después.  Este acto no acabó en guerra civil por la firme voluntad de Fernando e Isabel de mantener su legitimidad, lo que excluía la rebelión contra su rey natural. Pero sí redactaron un manifiesto el 21 de marzo dirigido al marqués de Villena y a la reina Juana (aunque nominalmente figurara el rey) de querer dar al reino “cobre por oro, hierro por plata y ajena heredera por legítima sucesora”.

NOTAS

1) Que no se ha conservado, pero que es citado posteriormente.

2) Juan II también era por entonces rey de Navarra.

3) Las anteriores reinas (Berenguela Juana Manuel o María la hija de Enrique III -caso especial fue Urraca-) se habían limitado a ser transmisoras a hijos o maridos de la legitimidad que ostentaban.

4) ) Isabel decidió desde el principio que la unión conyugal sin fisuras era garantía de estabilidad de la corona, y procuró siempre conseguirla. Las muestras de aprecio personal hacia Fernando fueron cada vez más frecuentes.

5) Los otros pretendientes eran el duque de Gloucester (futuro Ricardo III de Inglaterra) y el duque de Guyena, hermano de Luis XI de Francia. Todos ellos llevarían lejos a Isabel, y se habría acabado el problema.

6) Prácticamente destruida cien años más tarde para construir en su lugar la actual catedral.

7) En adelante, sólo tendría colaboradores. Se habían acabado los validos.

8) Los príncipes adoptaron desde el primer momento el título de Alteza. El de Majestad sería introducido por Carlos I para él y sus descendientes.

Hija de Juan II de Castilla y de su segunda esposa, la portuguesa Isabel de Avís y Braganza1, Isabel nace en Madrigal (todavía no llamado “de las Altas Torres”) el 22 de abril de en 1451, Jueves Santo.

Su padre residía en el alcázar viejo de Madrid, y desde allí comunicó a todo el reino la buena nueva que ampliaba el ámbito sucesorio, hasta entonces limitado a su hijo Enrique (1425-1474), habido de su anterior matrimonio con su prima María de Aragón.

Dos años más tarde, en diciembre de 1453, nacería un nuevo infante, Alfonso, con lo que Isabel pasaba a tercera lugar en la línea sucesoria, detrás de Enrique, de Alfonso y de sus posibles descendientes, según costumbre en Castilla.

Muy lejana, pues, la posibilidad de ser reina, cuestión totalmente asumida por Isabel en sus primeros años.

Cuando muere Juan II, en su testamento asigna a su hija Isabel el señorío de Cuellar, las rentas de Madrigal cuando falleciera su madre, y una cantidad supletoria hasta completar un millón de maravedís anuales. Su hermano Enrique, una vez rey, nunca cumplió esta disposición testamentaria, dejando a madre e hija vivir sin recursos, lo que fijó en el carácter de la princesa una preocupación constante por el ahorro.

Entre Madrigal y Arévalo, donde se instaló su madre al morir su padre, transcurrió la infancia de Isabel, y su educación corrió a cargo del obispo de cuenca, Lope Barrientos, y del prior de Guadalupe, Gonzalo de Illescas, conformándose así su profunda religiosidad. Incidiría en esa formación religiosa el cuidado de Beatriz da Silva, dama que vino de Portugal con su madre, y que fue luego fundadora de las Concepcionistas. Beatriz, con sus canciones de cuna portuguesas, y su madre Isabe,l con sus palabras, hicieron del portugués la primera lengua de aprendizaje de Isabel.

Otros personajes de esa minicorte de Arévalo fueron Gutierre de Cárdenas y Gonzalo Chacón (este último mantendría siempre un gran afecto hacia la princesa), ambos partidarios del ajusticiado Álvaro de Luna2, y que, sin embargo, protegieron a la reina Isabel, que tanto había tenido que ver en la caída de aquel, y a su hija.

Por entonces, en la corte de Madrid, Juan Pacheco, marqués de Villena y principal consejero de Enrique IV, aconsejaba a éste la necesidad de un nuevo matrimonio3 con otra prima suya, Juana de Portugal (Blanca, su primera esposa, también era su prima). La necesaria dispensa de Roma no se tuvo en cuenta. Tras la noche de bodas, en Córdoba, Enrique ordenó no exhibir la sábana nupcial, en contra de la costumbre, lo que extendió aún más la idea de que el rey era incapaz, idea reforzada por la tardanza de la reina Juana en concebir (seis años). La clínica histórica, tras el análisis de los testimonios documentados, concluye que la impotencia pudo ser parcial, por lo que los historiadores no tienen base alguna para enjuiciar si la princesa Juana, luego apodadada “la Beltraneja”, era o no hija del rey.

Pasaron los años, y la situación en el reino se deterioraba. Enrique vivía entre estados de exaltación y de abatimiento que le llevaban a excesos en ambos. La época era favorable a un fortalecimiento del poder real, y la nobleza, cuyo objetivo era mantener sus privilegios, estaba dividida sobre la manera de lograrlo. Unos pensaban que fortaleciéndose el poder real se fortalecía el propio, por ser los siguientes escalones del reino; otros pensaban que sólo limitando el poder real conseguirían mantener y acrecentar el suyo. En esta idea estarán implícitos todos los cambios de bando de unos y otros en los años siguientes. Pero a ninguna de las dos facciones nobiliarias les agradaba que el rey elevara a sus “hombres nuevos” desde simple caballero a la grandeza, como ocurrió con Miguel Lucas de Iranzo o Beltrán de la Cueva. Respecto a éste último, Enrique llegó incluso a violentar el testamento de su padre, en el que se especificaba que el príncipe Alfonso era Maestre de Santiago, cargo del que le desposeyó para entregárselo a Beltrán.

Ese era el panorama en 1461, cuando la reina Juana anuncia su embarazo4. Esta alteración en la sucesión hizo pensar al rey y a su esposa en la necesidad de tener controlados a los dos infantes, para evitar que fueran bandera de alguna acción nobiliaria, e Isabel y Alfonso son separados de su madre y traídos a la corte, con gran dolor de la princesa, y custodiados hasta que se decidiese su destino.

La nueva infanta nació en febrero de 1462, y en su bautizo, celebrado en la iglesia de San Pedro el Viejo de Madrid, ofició el arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo, siendo madrinas la marquesa de Villena y la infanta Isabel, a punto de cumplir 11 años. En mayo de ese mismo año quiso Enrique convocar cortes para que fuese jurada Juana como heredera, pero cometió el error de, en la misma ceremonia, promover a la grandeza a Beltrán de la Cueva, nombrándolo conde de Ledesma. Aquí se originó la idea de que ese ascenso era para pagar servicios prestados, y nació el apodo de “Beltraneja” que acompañaría siempre a la recién nacida. Juan Pacheco, Marqués de Villena y hasta ese momento consejero del rey, conocedor de su intención, dejó acta notarial antes de la ceremonia declarando nulos los juramentos5. Otros nobles los consideraron legítimos, como Diego Hurtado de Mendoza, Marqués de Santilla, cuya hija, posteriormente, casará con Beltrán de la Cueva.

Isabel, alabada por los que la rodeaban por su belleza y sus cualidades morales, debía acompañar a la reina Juana en todos sus desplazamientos, haciendo frente no sólo a los acontecimientos de una corte corrompida, sino a injusticias como las que perpetró Enrique privándola a ella del señorío de Cuellar para entregárselo a Beltrán de la Cueva, y a su madre del señorío de Arévalo para dárselo como ducado a Álvaro de Stúñiga (apellido que pronto cambiaría a Zúñiga). Isabel nunca olvidaría estos actos.

De 1462 a 1465 la reina Juana se instala en el alcázar de Segovia, y con ella Isabel. La escasez de rentas reforzaría aún más su espíritu ahorrativo, pero ello no fue obstáculo para que su afición a la lectura le hiciese buscar todo tipo de libros, que, pasados loa años, llegaron a formar una gran biblioteca. La lectura y la oración ocupaban buena parte de su tiempo. La otra la llenaba con la observación de cuanto ocurría en la corte a su alrededor. En este periodo comienza ya a especularse sobre su posible matrimonio. En un principio se piensa en el príncipe Fernando de Aragón, nacido un año después que ella. Luego el candidato será el hermano mayor de éste, Carlos, príncipe de Viana, por su actitud contraria a Juan II. La muerte de Carlos por tuberculosis pulmonar (aunque algunos opinaron que fue envenenado por su padre) volvió a dejar como idóneo a Fernando, pero ocasionó un levantamiento de la nobleza barcelonesa, que envió una embajada a Enrique IV pidiendo su ayuda.

La nobleza castellana volvió a dividirse. Unos, como Beltrán de la Cueva, eran favorables a que aceptase, porque la unión de los dos reinos sería la culminación de la monarquía absoluta.
Otros, como el marqués de Villena (Pedro Pacheco) o el arzobispo Carrillo, pensaban que ese crecimiento del poder absoluto era una amenaza para sus planes, y era necesario delimitarlo por escrito. En ese momento dedicaron al rey y a la infanta Juana los peores insultos, pero no tuvieron inconveniente en pasarse a su bando más tarde, cuando estimaron que los Reyes Católicos iban directos hacia ese poder real absoluto que acabaría por cambiar el reino en Estado moderno. Por ahora, su pretensión era que no se prestara ayuda a la nobleza catalana.

Enrique decidió buscar el consejo de Luis XI de Francia, con el que se entrevista en el Bidasoa, para luego, dándose cuenta de que había abandonado a los que le apoyaban, volcarse en ellos.
Por esta razón, los nobles que se le oponían crean la Liga, en la que Juan II de Aragón también quiso participar alegando su condición de noble en Castilla. Esta liga partía de las afirmaciones del acta notarial del marqués de Villena, afirmando que Juana no era hija del rey y, por tanto, no podía ser jurada heredera. El rey intentó salvar la legitimidad de Juana capitulando ante la Liga en lo que se llamó el Protocolo de Medina del Campo, por el que la Liga imponía que el nombramiento de heredero recayese en Alfonso, aunque con la obligación de casarse con la infanta Juana cuando llegase a la edad. Dado que Juana tenía entonces dos años, largo se fiaba la condición. Con éste acuerdo, Pacheco conseguía que el infante Alfonso pasara de la custodia del rey a la suya propia.

La Liga también quiso que se redactara un documento que limitara los poderes del rey, y que cesara la custodia de la reina sobre Isabel, constituyendo su propia Casa según el testamento de su padre Juan II. Enrique, aunque aceptó el fin de la custodia, rechazó el memorandum de Medina por el recorte a sus poderes, lo que llevaría inexorablemente a la guerra civil.
Isabel, entra tanto, vive en Segovia en su propio palacio, y esa permanencia la explica años más tarde: “me quedé en mi palacio por salir de su guarda (la de la reina Juana), deshonesta para mi honra y peligrosa para mi vida… <confiando> en la gracia de dios que fue para mi mayor guarda que la que yo en el rey tenía ni en la reina”. Esta confianza en Dios reforzará su fe, sobre todo al salir con bien de los sucesos posteriores.

La liga, ante la negativa del rey, decidió declararle “Tirano”6 y poner en su lugar al que consideraban legítimo heredero, Alfonso, aunque sólo tenía once años. Para ello escenifican lo que se llamó la Farsa de Ávila, el 5 de junio de 1465. Ante la catedral, simulan un trono en el que sientan un muñeco con las insignias reales, y, poco a poco, entre insultos, lo van despojando de ellas, para, al final, lanzarlo lejos del trono de una patada y colocar en él a Alfonso.El primer documento que firma este niño-rey fue una carta en la que se daba carácter oficial a la colaboración de Beltrán de la Cueva en la génesis de la infanta Juana “usando de la reina a voluntad”. Los rebeldes confiaban en un golpe definitivo, pero lo que se les vino encima fue una guerra civil, en la que los Mendoza encabezaron el bando del rey.Las divisiones llegaron hasta el último rincón del país, y bastaba que un grupo se decidiese por un bando para que otro lo hiciera por el contrario.

Isabel no hizo ningún intento de sumarse al levantamiento, y siguió viviendo en una ciudad y un palacio ubicadas en zona que obedecía a Enrique, pero su importancia había crecido para ambos bandos, dada su búsqueda de legitimidad.

Pedro Pacheco (marqués de Villena, como se sabe), decide traicionar a su bando buscando su interés, y le propone a Enrique eliminar a su rival (Alfonso, al que defendía hasta ese momento). Su hermano Pedro Girón, maestre de Calatrava, con su poder económico, podía poner al servicio del monarca tres mil jinetes que, unidos al ejército real, decantarían la lucha a su favor. El precio a pagar era que él volviese a tener el poder que tenía al principio del reinado, y que su hermano Pedro Girón7 casara con la infanta Isabel. Enrique dio su consentimiento. Enterada, Isabel sólo podía hacer lo que su fe le indicaba: rezar. Y sucedió que Pedro Girón, que venía a Segovia para celebrar el enlace, enfermó y murió el 20 de abril de 1466. Dos días después Isabel pudo celebrar su quince cumpleaños y el final de la pesadilla. Este suceso reforzó en grado sumo la religiosidad de la infanta. Pero el peligro de un matrimonio indeseable no había cesado, porque aún había otros posibles aspirantes, como el contrahecho duque de York, futuro Ricardo III (y personaje de uno de los dramas de Shakespeare).

El marqués de Villena no se da por vencido con el fracaso de su plan matrimonial, y seguía pensando que el apoyar a Alfonso había sido un error. Dice entonces que si se había sumado a la Liga era para controlarla en servicio del rey. Su cinismo no tenía límites. Enrique desconfiaba de él, pero le temía.

Alfonso de Fonseca, arzobispo de Sevilla, plantea una solución negociada al conflicto. A esto se adhiere Juan II de Aragón, pero piensa que una Castilla favorable para él pasa por el poder del marqués de Villena, y así proyecta el matrimonio del infante Alfonso con Beatriz Pacheco, hija del marqués. Ambos bandos habían acudo al papa Paulo II en busca de su apoyo. El papa encarga la mediación a un diplomático de la curia, italiano residente en el Vaticano, pero obispo titular de León, Antonio de Veneris (en castellano Veniero), quien determinó que la legitimad de origen y de ejercicio correspondía a Enrique IV. Entre tanto Isabel seguía en su palacio de Segovia, servida por cinco damas, entre las que destaca Beatriz de Bobadilla.

Mientras la nobleza negociaba con el rey en Olmedo, Villena pretendía dar un golpe de mano y apoderarse de la persona de Isabel. Atacó Segovia y tomo la ciudad, llevándose a la infante, pero Andrés Cabrera defendió y mantuvo el alcázar, y con él a la reina Juana. Isabel, que sabía lo que significaba esta “liberación”, procuró entrar en contacto con los otros dos máximos representantes de la Liga, el arzobispo Alfonso Carrillo y Garcia Álvarez de Toledo (recientemente nombrado primer duque de Alba). Ambos empeñaron su palabra, más importante que un papel firmado, de que a Isabel no se impondría un matrimonio no deseado. Pese a todo, las circunstancias fueron favorables para el reencuentro de la reina Isabel (ya perdida la razón) con sus dos hijos Alfonso e Isabel.
Alfonso, en su papel de rey, ejecutó lo que constaba en el testamento de su padre, y entregó a Isabel el señorío de Medina del Campo, con lo que, en marzo de 1468, la infanta se alojaba en la villa (no en el castillo de la Mota, que estaba en otras manos, sino en un modesto “palacio” junto a la iglesia de San Antolín y cerca del mercado). Medina era el primer territorio castellano que Isabel podía decir que era suyo.

El intento de Villena de volver a tener el favor del rey, aunque manteniendo sus rehenes, inclinó a los demás miembros de la Liga a buscar la solución por negociación. Llegó el acuerdo, y Enrique cedió, reconociendo a Alfonso como el sucesor. Los Mendoza, sintiéndose traicionados, abandonaron la corte, llevándose a la niña Juana. De nuevo un rehén servía de seguridad para una facción.
Enrique permitió a Pacheco tomar posesión del alcázar de Madrid, y ordenó el traslado del tesoro real desde Segovia, poniendo a su esposa bajo la custodia del arzobispo Fonseca, quien la envió al castillo de Alaejos. Juana, veintiocho años y de frustrada experiencia matrimonial, encontró allí el amor de su vida en Pedro de Castilla, bisnieto del rey Pedro I. De estas relaciones nacieron dos hijos, lo que se consideró una grave afrenta para el rey.

Con los acuerdos, Alfonso era un estorbo, sobre todo porque ya no era un niño manejable y empezaba a mostrar cada vez mayor independencia. E Isabel también.

En junio de 1468 la ciudad de Toledo decide cambiar de bando y pasarse al del rey. Alfonso abandona Arévalo para dirigirse a Ávila, donde esperaba encontrar fuerzas suficientes para volver Toledo a su obediencia, pero enfermó de repente, y murió en la población de Cardeñosa el 5 de julio. De nuevo hipótesis de envenenamiento, pero ninguna certeza.

NOTAS

  1. Isabel de Avís o Isabel de Portugal. 1428-1496. Hija del infante Juan de Portugal, y, por tanto, sobrina de Eduardo I de Portugal y nieta de Juan I de Portugal. No confundir con otra Isabel de Avís o de Portugal (1503-1539), segunda hija de Manuel I de Portugal y de Juana de Aragón, y esposa del emperador Carlos I de España.
  2. Condestable de Castilla, Gran Maestre de Santiago y valido del rey Juan II. Como se ve, gran acaparador de cargos, riquezas y poder, y brazo derecho del rey Juan II. Los castellanos atribuían su preeminencia a un hechizo sobre el rey. Cuando Juan II casa de nuevo, su segunda esposa, Isabel de Portugal (madre de Isabel I como se ha visto), sabiendo de sus intrigas, abusos e incluso algún asesinato, le teme e intenta lo posible por hacerlo caer, hasta que lo consigue. En 1453 Juan II ordena su detención, y, tras una parodia de juicio, es decapitado en la plaza mayor de Valladolid.
  3. El primer matrimonio de Enrique, con Blanca de Navarra, había sido declarado públicamente nulo achacando la falta de descendencia a la infertilidad de la reina, no a la impotencia del rey (Marañón, en su estudio sobre Enrique IV, lo defina como “displásico eunucoide”). Sin embargo el rey y sus consejeros sabían perfectamente que en sus relaciones faltaba siempre la penetración, por lo que, en su nuevo matrimonio, se sometió a tratamiento por parte del judío Samaya.
  4. La calumnia jugaría un papel importante en adelante (múltiples veces Juana será llamada “hija de la reina”), pero, como se ha dicho, no hay documentación que pueda hacer pensar que la princesa Juana no fue el resultado del tratamiento a que se sometió Enrique.
  5. Del acta notarial se distribuyeron varias copias -era su objetivo: extenderse- y una se ha conservado gracias al orden con que el conde de Haro, Pedro Fernández de Velasco, conservó su archivo.
  6. Este concepto de “tirano” justifica la revuelta, y comienza en la casa de Trastámara a partir de que un bastardo Enrique II, sustituyera en el trono al rey legítimo, Pedro I. Será el argumento que utilizara la Biga barcelonesa para oponerse a Juan II de Aragón, tal como ahora hace la Liga castellana.con Enrique IV
  7. Pedro era hombre intrigante, trapacero, indeseable, padre de bastardos, freire incapaz de cumplir sus votos, ambicioso y violento. Sus acciones daran lugar al drama de Fuenteovejuna.

Posted by alfredo at 17 diciembre, 2012

Category: Colonización de América, Edad moderna

En estos días innumerables eruditos hablan de la posibilidad del fin del mundo el 21 de este mes de diciembre, y  publican en los diversos medios cálculos y cuentas basadas en los cómputos mayas, que, en realidad, eran sistemas de medida del tiempo que utilizaban todas los culturas de mesoamérica.

Hablan de kines, uinales, tunes, katunes, y baktunes, ciclos de 144.000 días y algunas fechas relacionadas, como que el periodo intermedio del 5º baktun corresponde al año 550 antes de Cristo y otros elementos “aclarativos”. Dejo al lector la tarea de interpretar dichas cifras, y acudo a la memoria.

En la facultad, esa gran persona y gran profesor que fue (lamentablemente murió hace poco) D. José Cepeda Adán, ya nos contaba que los mesoamericanos se regían por ciclos de 52 años occidentales.

Cada 52 años, las gentes tomaban lo indispensable, y abandonaban casa y poblaciones, retirándose al campo a la espera de lo que podría ocurrir al día siguiente. En esa noche, lo dioses podían decidir que se acabara el mundo, o que continuara un nuevo ciclo, lo que significaba renovación y nueva vida. En ese periodo podían darse acontecimientos extraordinarios que orientaran la nueva etapa o que aparecieran mensajes claros de los dioses.

Es decir, cada 52 años “podía acabarse el mundo”…. o cambiar más o menos radicalmente.

Y ahora,  resto de 2012 diez ciclos de 52 años, es decir, 520 años, y ¿que me da…? Exacto: 1492.

La llegada de los españoles no fue simultánea a todos los territorios. La noticia en cambio corrió como la pólvora.

Para todos, y en este caso también para los mesoamericanos, el sol sale por el este y se pone por el oeste. Lo cual significaba para estas culturas, que el lugar donde cada día nacía la vida -la morada de los dioses- debía de estar al este. Y los dioses, por serlo, debían ser seres especiales.

Del este llegaron casas que flotaban, que llevaban en su interior seres con pelo en la cara, radicalmente distintos a los que ellos conocían. Pero, además, tenían parte del cuerpo de metal, podían producir el trueno cuando querían, y podían matar a distancia. Para mayor abundancia, entre ellos había monstruos de dos cabezas y cuatro patas que podían partir su cuerpo cuando lo consideraban oportuno. ¿cabía alguna duda de que eran dioses?

Los de primera línea pronto comprobaron que eran hombres -raros, eso sí- que podían ser heridos y morir, que necesitaban comer… y otras cosas. Pero los que sólo oían la noticia pensaban que el final del ciclo les había traído, efectivamente, algo extraordinario.

Moctezuma, hasta que participó efectivamente en esa primera línea, no estuvo seguro de si eran dioses (“teules”) u hombres, y como su voluntad era la única ley, su parálisis afectó a todo su imperio. Así, en todos los lugares.

No obstante, los cercanos, como digo, una vez aceptada la humanidad de los visitantes, calibraron pronto las ventajas o desventajas de unirse a ellos, y esto fue definitivo para las luchas internas que, como en el caso de los mayas, dividían a la población, venciendo, lógicamente, los que se aliaron con los recién llegados. Esa valoración de la nueva situación tuvo aún mayor importancia en el caso de los grandes imperios, porque los aztecas (o mexicas) tenían dominados cruelmente a multitud de pueblos de la zona, y estos se aliaron con Cortés, sobresaliendo los Totonecas, Campoaltecas y Tlaxcaltecas.  Como decía el profesor Cepeda, se da así la paradoja de que, en realidad, América la conquistaron los indios y la independizaron los españoles. Indios fueron la mayoría de los asaltantes de Tenochtitlan (entre ochenta y cien mil, junto a 400 españoles, aunque luego ese número se incrementaría al unirse a Cortes los miembros de la expedición  de Narvaez, enviados originariamente contra Cortés), y españoles -criollos- fueron los promotores de la independencia, combatiendo en la mayoría de los casos contra los propios indígenas, que se unieron al bando español (quizá porque más vale amo muy lejos que tirano próximo). Pero eso es otro tema que ya trataremos.  Quedémonos ahora a la espera del fin del mundo. Por si acaso, convendría que leyeran este artículo antes del día 21.

 Alfredo Vílchez

Bibliografía:

Historia de España, dirigida por Menénzez Pidal.   VV.AA.     –     Espasa Calpe

Historia de Iberoamérica. Tomo I: Prehistoria e historia antigua.  VV.AA.    –     Ediciones Cátedra

Las culturas precolombinas de América.  José Alcina Franch    –   Alianza Editorial

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